Era tan pequeña, tan frágil, tan mujer y tan nena. Sus pies tenían la forma perfecta: eran pequeños y moldeados a y por su gusto, que también hoy es el mío.
Anoche desperté sonriendo. Había soñado con esa mujer, con su cuerpo exacto y esas uñas coloreadas de rojo. Caminabamos de la mano luciendo cada uno una sonrisa perfectamente dibujada en el rostro, natural. Me encantaba mirarla de reojo mientras avanzábamos porque desde mi ángulo podía contemplar esa forma tan característica de su sonrisa, a la que debía cazar con millones de cámaras mentales cada vez que las descubría, así, de sorpresa, porque esa expresión tan genuina no era premio al mejor postor. A pesar de mi polaroid mental podía ver las caras de tontos hombres que pasaban a nuestro alrededor con el pensamiento de "¿Cómo esa chica tan linda puede estar con él?". Me hacía pensar, pero me daba mucha risa saber que, ante el ojo del común, sólo una belleza como ella podía pasearse con hombres de dorados cabellos en BMW.
Esa forma de amar, tan poderosa. La había conocido hacía como seis años atrás antes de besarla por primera vez. Tenía los ojos tan transparentes que me producía escalosfríos. La primera vez que fui a su encuentro decidí caminar por detrás de ella, aparecer por sorpresa y caminando lo más despacito que pude me acerqué a saludarla y cuando volteó su cabeza ¡Mi Dios! !era un ángel terrenal! No sabía para donde mirar primero, creo que acaparé su todo en la suma de sus partes. Se paró la tierra cuando acerqué mis labios a su mejilla y explotaron mis (cuatro) sentidos alunísono. Estallaron de felicidad. En ese momento supe que no podría dejarla más, verla fue como recibir una patada del hombre más fuerte de la tierra directamente sobre mi esternón, revoleando todos y cada una de las creencias frágiles y absurdas que había decidido jugar a creer para hacer mi vida un poco más leve.
El tiempo esa vez jugó en nuestro equipo. Si el arco fuera la vida y el tiempo el shoteador podríamos decir que le estabamos ganando por goleada. ¡Podía tocarte la mano! ¡Era feliz por primera vez! Ya no había tiempo ni espacio para mí, sólo quería disfrutarte, disfrutarme así, tan hermoso. Llegar a casa y pensar en vos. Saber que te iba a ver antes de saludarte cuando partieras rumbo a clases. ¡Después de tanto esperar(nos) eramos novios! Entregandote mi corazón sin duda era feliz.
Esa chica jamás sabrá que me devolvió la alegría de vivir, que me fue despertando de a poco de mi horrible pesadilla de diciembre. Que acomodó con esa suavidad tan característica sus dedos sobre mis párpados para abrirme los ojos y mostrarme que hoy puedo, que mis sueños no habían muerto y que mi corazón es el más hermoso. Y que, con paciencia, yo podía entender todo eso.
Estabamos en la parada del bus cuando un amigo que hace tiempo no veía me reconoció y vino a saludarme. No estaba solo sino que lo acompañaba un nenito pequeño que recién estaba aprendiendo a caminar: era su hijo. Ella se agachó y los ojos transparentes se le iluminaron de un modo especial, se mojaron mientras recorría la cara del niño con una caricia. Comprendí que en ese momento no estaba viendo a ese chico, sino que ante ella estaba el aura de nuestro hijo. Mi garganta se convirtió en un nudo ciego.
Cuando llegamos a casa ella me abrazó y yo hice lo mismo. Estabamos acostados en la cama y la noté pensativa.
- Amor ¿Qué te sucede? -le pregunté-
- Si tuvieramos un hijo ¿lo amarías más a él que a mí? -me preguntó, sin vacilar.
El nudo que tenía en la garganta estalló. Tal vez no esperaba esa pregunta pero sí esperaba un hijo con ella. Tontamente le dije que era probable, que posiblemente lo amaría más. Ella estalló en lágrimas. Era el sonido más triste que hubiera escuchado jamás, el llanto más sentido de la historia y no me salió otra cosa que abrazarla por su espalda hasta que nos dormimos. Hoy le quisiera decir a esa mujer que no era cierto. Que hubiera amado tanto a nuestros hijos como a ella. Simplemente porque soy un ser de amor. Pero aunque parezca que ya no tiene sentido porque Iván y Menta son sólo fantasias de un tiempo que nos abrazó me gustaría mirarla a los ojos y así, de repente, mirándola a los ojos, decirle que nada podrá pasar en la historia de mi humanidad que haga que la ame un poco menos, ni el tiempo, ni la nostalgia, ni siquiera ella misma con su portazo en mi nariz.
A veces somos como un rompecabezas para nosotros mismos. Alcanzar el equilibrio lógico nos demora tiempo, esfuerzo y dedicación. Pero llega, siempre llegamos si queremos hacerlo y allí sí tenemos que mirar hacia atrás para darnos cuenta lo tontos que pudimos llegar a ser. Arreglar lo que se puede sin escapar. Tener la fortaleza y la humildad de decir con nuestra sinceridad en alza "Te pido perdón si te lastimé". Todo tiene una explicación y es por eso que no juzgo las decisiones de aquellos que cierran las puertas como si de un libro se tratase. Dejando a las personas como personajes sin diálogo. A pesar de que duela (y mucho) el alma sentimos que nunca es tarde para comportarnos como seres de amor, para afrontar y entender que no teníamos intención de lastimar pero sabiendo el por qué lo hicimos Mirarnos a nosotros mismos para llegar a eso, a armar nuestro propio rompecabezas.
No sabés las ganas que tengo de contemplar esos ojos de nuevo. De derretirme al escuchar esa voz en el teléfono contándome cómo estás. No sabés las ganas que tengo de sentarnos en un café para inundarnos de verdad. Y así, decir "Erase una vez (más)".




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