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miércoles, 21 de julio de 2010

El error de Tomás

Mientras bailaban Tomás le dijo a Teresa: "No tengo ninguna misión. Nadie tiene ninguna misión. Y es un gran alivio sentir que eres libre, que no tienes ninguna misión". Ella lo miró y por primera vez le creyó. Era imposible no hacerlo porque su tono de voz estaba totalmente limpia de intención.
Teresa nunca le había creído totalmente a Tomás, sentía que le mentía. Cuando Tomás penetraba su cuerpo no podía sacarse de la mente de que en realidad había deseado a otra mujer. Ese dolor era como doscientas picaduras en el corazón. ("El arte del que te jactabas en realidad no provoca más que risa").
Tomás había amado a otra mujer, era cierto. En realidad amaba su cuerpo perfecto, material, indómito, la forma en que sus pechos caían como agua de cascada cuando, recostada boca abajo sobre la cama, realizaba el primer impulso para inclinarse. Pero con Teresa era distinto, su cuerpo perfecto se volvía eterno, cada curva a Tomás le parecía dibujada por un Dios, la sutilidad de sus senos se transformaban en miel cuando los recorría con su lengua y estallaba de placer y podía estar horas oliendo y besando sus nalgas. Tomás estaba enamorado y lo peor de todo es que mientras estuvieron juntos Teresa nunca le pudo creer.
Cuando se separaron él empezó a admitir su error. Supo que todos tenemos una misión que cumplir y aceptarla muchas veces desespera. La misión del ángel Teresa era despertarlo de su pesadilla de diciembre para amarlo y devolverle la confianza en el amor.
Cuando pasó el tiempo y los alejó noviembre él entendió que fue uno más en el camino de la misionera, que la que no encontró la forma de brindarse fue ella y que su papel fue, como otros, el de enamorado. Así lo entendió, a fin de cuentas no era algo tan distinto a lo que practicó cuando adhería a su absurda misión de superhéroe.
Hoy entiende que su tarea es mucho más importante y le agradece a Teresa enormemente cuando la piensa todos los días.